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23 de agosto de 2026
23 de agosto de 2026

Jesús Soto: el venezolano que le enseñó al mundo que el arte puede moverse

Hay una obra de Jesús Soto que miles de caraqueños pasan por alto cada vez que transitan la autopista Francisco Fajardo. La Esfera Caracas lleva décadas suspendida sobre esa vía, naranja y vibrante, desafiando la gravedad y la percepción de quien la mira. Es una obra pública en el sentido más literal: está ahí para todos, sin necesidad de entrar a un museo, sin pagar entrada, sin entender de arte. Y sin embargo es una de las piezas más sofisticadas conceptualmente que existen en Venezuela.

Eso era Jesús Soto. Un artista que pensaba en grande y construía para la calle.

Escribo sobre él por la misma razón que escribí sobre Lía Bermúdez hace unas semanas: porque Venezuela tiene un patrimonio artístico extraordinario que merece más atención de la que recibe. Y porque Soto no es solo parte de ese patrimonio, es uno de los artistas latinoamericanos más importantes del siglo XX. Sin discusión.

De Ciudad Bolívar al mundo

Jesús Rafael Soto nació el 5 de junio de 1923 en Ciudad Bolívar, capital del estado Bolívar. Hijo de Luis Rafael García Parra y Emma Soto, comenzó su experiencia artística como cartelista en tres cines de su ciudad natal. Un inicio humilde, de necesidad más que de vocación consciente. Pero el talento no tardó en hacerse evidente.

En 1942 fue becado por el Gobierno de Bolívar y enviado a la Escuela de Bellas Artes y Artes Aplicadas de Caracas, donde conoció a artistas de alta talla como Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez. Esa generación de venezolanos que se formó junta en Caracas y luego emigró a París cambiaría para siempre la historia del arte moderno en el país y en el mundo.

Los tres años que Maracaibo no olvida

En 1947 fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Maracaibo, cargo que ejerció hasta 1950. Tres años que marcaron tanto al artista como a la ciudad.

Precisamente en Maracaibo fue donde Soto escuchó hablar por primera vez del Cuadrado blanco sobre fondo blanco del ruso Kasimir Malévich, que consideró la forma más pura de atrapar la luz en la pintura. Esa revelación en tierra zuliana fue el detonante intelectual que lo llevaría a París y al arte cinético.

Su huella en Maracaibo va más allá de lo conceptual. El maestro Soto confesó tener una gran deuda espiritual con Maracaibo, palabras que pronunció antes de su última visita a la ciudad en 2002. Esa deuda se materializó en dos obras públicas que dejó en la capital zuliana: El Trigal, que estuvo en el Paseo Ciencias y fue desmantelado por acciones vandálicas, y el Penetrable del Zulia, ubicado en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, donde permanece hasta hoy como la única pieza líquida de Soto en el mundo.

La conexión entre Soto y Maracaibo tiene además una dimensión humana que los zulianos deberíamos recordar con más orgullo. Fue precisamente durante esos tres años como director de la Escuela de Bellas Artes cuando Soto tuvo entre sus alumnos a una joven artista llamada Lía Bermúdez, a quien le transmitió una visión del arte que ella convertiría en escultura monumental décadas más tarde. El legado se pasa así, de mano en mano.

París y el arte que se mueve

En 1950, intrigado por las obras de Malévich y Mondrian, recibió una beca de estudios y se mudó a París. Allí se encontró con coterráneos que formaban parte del grupo Los Disidentes y asistió a conferencias en el Atelier d’Art Abstrait.

París era el centro del mundo artístico de la posguerra y Soto llegó con una pregunta que nadie estaba respondiendo todavía: ¿puede el arte moverse? No como ilusión, sino como experiencia real del espectador. Esa obsesión lo llevó a desarrollar lo que hoy conocemos como arte cinético.

Tras mudarse a París, se vinculó estrechamente a la Galerie Denise René y participó en la emblemática exposición Le Mouvement en 1955, que lo situó a la vanguardia del movimiento cinético internacional. Su obra explora la vibración, la inestabilidad óptica y la desmaterialización del objeto artístico a través del movimiento del espectador.

Lo que Soto descubrió es algo que parece simple pero es profundamente complejo: el arte no tiene que estar quieto para ser arte. El espectador forma parte de la obra. Sin el movimiento de quien mira, la pieza no existe completamente. Esa idea cambió todo.

Venezuela en los museos del mundo

El nombre de Jesús Soto se encuentra en museos del mundo como el MoMA y el Guggenheim de Nueva York, el Centro Georges Pompidou en París y el Museo Reina Sofía de Madrid. También participó en la Bienal de Venecia de 1966 y la de Sao Paulo en 1996.

Para ponerlo en contexto: muy pocos artistas latinoamericanos del siglo XX alcanzaron ese nivel de reconocimiento internacional en vida. Soto lo logró sin renunciar a su identidad venezolana y sin desaparecer de su país de origen.

En 1973 la Corporación Venezolana de Guayana construyó en Ciudad Bolívar el Museo de Arte Contemporáneo Jesús Soto, donde se exponen tanto sus obras como las de otros maestros internacionales y especialmente de artistas del estado Bolívar. Un museo en su ciudad natal, en vida. Eso dice todo sobre el nivel de reconocimiento que Venezuela le dio a uno de sus artistas más grandes.

El legado que vive en la calle

Lo más extraordinario de Soto es que su obra no quedó encerrada en galerías. Está en la autopista Francisco Fajardo con la Esfera Caracas. Está en la estación Chacaíto del Metro. Está en el Complejo Teresa Carreño. Y está en Maracaibo, en el Centro de Arte que lleva el nombre de su alumna Lía Bermúdez, con el Penetrable del Zulia esperando a quien quiera entrar y dejarse envolver por él.

Jesús Rafael Soto falleció en París el 14 de enero de 2005, a los 81 años. Pero sus obras siguen vibrando en las ciudades venezolanas y en los museos más importantes del mundo.

Venezuela tiene en Jesús Soto uno de sus mayores orgullos culturales. Un hombre que salió de Ciudad Bolívar con talento y determinación, que pasó por Maracaibo dejando una huella que todavía se puede tocar, y que llegó a París cuando nadie esperaba nada de un venezolano en el mundo del arte moderno. Terminó cambiando la manera en que el mundo entiende la relación entre el arte, el movimiento y el espectador.

Eso merece ser recordado, contado y celebrado.

Miguel Ángel Daher Quintero.

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