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5 de agosto de 2026
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Lía Bermúdez: la mujer que convirtió el hierro en poesía

Lía Bermúdez, escultora venezolana, artista plástica de Maracaibo

Hay artistas que decoran los espacios. Y hay artistas que los transforman para siempre. Lía Bermúdez pertenece a la segunda categoría.

Escribo sobre ella con un orgullo particular. Soy zuliano, y Lía Bermúdez forma parte del alma de Maracaibo. Tengo además el honor de contar en mi colección personal con algunas de sus obras, piezas que conviven conmigo en el día a día y que me recuerdan, cada vez que las veo, por qué el arte venezolano merece ser preservado, difundido y celebrado sin pausa.

Una vocación temprana y dos ciudades

Su nombre real era Carmen Rosalía González Agreda. Nació en Caracas en 1930 y a los 14 años ya estaba en la Escuela de Artes Plásticas de la capital, formándose con Francisco Narváez y Ernest Maragall. A los 17 se casó con Rafael Bermúdez y se mudó a Maracaibo. Esa mudanza lo cambió todo.

En Maracaibo completó su formación en la Escuela de Artes Plásticas Julio Árraga y fue alumna de Jesús Soto, uno de los grandes del arte cinético venezolano. La ciudad la recibió, la formó y con el tiempo llevaría su nombre. Caracas y Maracaibo fueron las dos orillas de una misma carrera extraordinaria.

El hierro que vuela

Lo que hace único el trabajo de Lía Bermúdez es algo que parece imposible: lograr que el hierro parezca liviano. Sus esculturas no pesan, flotan. Combinan planos en el espacio con estructuras abiertas que le dan protagonismo al vacío tanto como a la materia. Son piezas que cambian según desde dónde las mires, que dialogan con la luz y con el entorno.

Comenzó con pintura figurativa, luego exploró el constructivismo y el neoplasticismo, y hacia los años sesenta incorporó materiales tan dispares como chatarra, cabillas, alambres y láminas de metal. En los ochenta experimentó con lona, fibra de vidrio y resinas de colores. Nunca se quedó quieta.

Una obra que vive en la calle

El legado de Lía Bermúdez no vive solo en museos, vive en los espacios que los venezolanos transitan cada día sin saber que están dentro de una obra de arte. La escultura-relieve de la Estación Colegio de Ingenieros del Metro de Caracas. Las piezas colgantes de la Torre Polar en Plaza Venezuela. La obra en el edificio de la Corte Suprema de Justicia. El Pájaro Azul en el Centro Cultural BOD. El Tajatí en el Centro de Arte La Estancia.

Quienes la conocieron decían que Lía era la mujer con más obra pública en Venezuela. Eso no es solo un reconocimiento artístico, es una forma de medir cuánto de la ciudad fue moldeado por una sola visión.

Maracaibo y el Centro de Arte

El acto más grande de Lía Bermúdez no fue ninguna escultura en particular. Fue fundar en 1990 el Centro de Arte de Maracaibo que lleva su nombre. Esa institución fue su declaración más contundente: la cultura zuliana merecía un espacio propio, permanente y de primer nivel.

Para quienes crecimos en Maracaibo, el CAM no era solo un museo. Era una prueba de que la ciudad podía tener vida cultural de verdad, impulsada por alguien que creyó en eso cuando nadie más lo estaba haciendo.

Los reconocimientos

Ganó dos veces el Primer Premio del Salón Arturo Michelena, en 1966 y en 1973. En 2006 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas, el máximo galardón del país. En 2013, la Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Fueron reconocimientos tardíos para una carrera que merecía más atención durante décadas.

El legado

Lía Bermúdez falleció en Caracas el 22 de octubre de 2021, a los 91 años. Pero sus obras siguen en pie, en el Metro, en las torres, en las plazas, en el Centro de Arte que lleva su nombre y que hoy lucha por recuperar el espacio que merece.

Cada vez que veo las piezas de su colección que tengo el privilegio de custodiar, pienso en lo que significa preservar el arte venezolano: no como inversión, sino como responsabilidad. Venezuela tiene en Lía Bermúdez un ejemplo de lo que significa construir con convicción, sin pedir permiso, poniendo el arte exactamente donde la gente vive.

Para mí, como zuliano, es un orgullo enorme.

— Miguel Ángel Daher Quintero

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