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8 de agosto de 2026
8 de agosto de 2026

Lo que el pádel me enseñó sobre trabajo en equipo

Jugué tenis federado de joven. Entrenaba con disciplina, competía en torneos y conocí de primera mano lo que significa prepararse para ganar. El tenis te forma de una manera particular: es un deporte individual, de concentración absoluta, donde no hay a quién culpar ni a quién agradecerle. Solo tú, la raqueta y el otro lado de la red. Años después descubrí el pádel. Y con él, un lenguaje completamente distinto.

Jugar pádel en Maracaibo tiene su mérito propio, dicho sea de paso. Cuarenta grados a la sombra, humedad que te recibe como una pared al salir del carro, y ahí estamos, cuatro adultos corriendo de lado a lado de una cancha cerrada convenciéndonos de que esto es deporte y no penitencia. Lo curioso es que funciona: uno suda, ríe, compite y termina queriendo volver el martes siguiente. Algo tiene este deporte que engancha de una manera que no se explica fácilmente.

Tanto me ha cautivado el pádel que he viajado a ver a los mejores del mundo jugar en vivo. Ver a los profesionales del World Padel Tour en cancha es otra cosa. La velocidad, la lectura del juego, la comunicación entre parejas que llevan años jugando juntas. Uno regresa a Maracaibo con más humildad y con más ganas de mejorar al mismo tiempo.

Del yo al nosotros

El salto del tenis al pádel no es solo técnico. Es filosófico. En el tenis aprendes a confiar en ti mismo. En el pádel aprendes a confiar en otro. Son habilidades distintas y, en mi experiencia, la segunda es bastante más difícil de desarrollar y bastante más útil cuando dirijo equipos en sectores como la construcción, la distribución de alimentos o la manufactura.

En la cancha de pádel no puedes controlar todo. Hay puntos que dependen completamente de tu compañero. Aprender a soltar ese control, a confiar en que el otro va a estar donde tiene que estar, fue una lección que tardé en aprender dentro de la cancha y que todavía sigo aplicando fuera de ella.

La comunicación no es opcional

En el tenis puedes jugar en silencio y ganar. En el pádel, la pareja que no se habla durante el partido pierde. Quién cubre el centro, quién sale a la red, quién retrocede: si eso no está acordado y comunicado en tiempo real, el equipo contrario lo detecta y lo explota. Lo mismo me pasa en mis empresas. Los equipos que operan sin comunicación clara pierden tiempo, pierden clientes y pierden dinero. La cancha me lo recuerda cada semana, sin filtros, en cuarenta minutos.

La presión revela el carácter

Esto lo aprendí en el tenis y el pádel lo confirmó: en los puntos decisivos, cuando el marcador está ajustado y cada golpe tiene peso, uno descubre cosas de la gente que no sabría de otra forma. La presión es el mejor filtro para entender con quién quieres construir algo a largo plazo. Eso vale para un compañero de juego y vale para un socio de negocios.

Perder no es el problema. No volver es el problema.

Cualquier empresario que haya operado en los últimos veinte años en entornos complicados conoce bien la derrota. Mercados que cambian de un día para otro, reglas que se reescriben, condiciones que nadie anticipó. Lo que me distinguió y lo que he visto distinguir a quienes sobreviven no es no perder. Es la disposición de volver a la cancha al día siguiente con el mismo nivel de concentración.

El pádel hoy es mi hobby. Me mantiene activo, me desconecta y me recuerda que competir con criterio siempre es mejor que ganar por suerte. Pero si alguien me pregunta qué me llevo de cada partido, la respuesta es siempre la misma: claridad sobre cómo quiero que funcionen las personas que trabajan conmigo.

Eso, y también hidratarse bien antes de salir a una cancha en Maracaibo.

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