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8 de agosto de 2026
8 de agosto de 2026

El plástico que no se ve: lo que dicen las cifras sobre el reciclaje en Venezuela

Cada minuto se compran alrededor de un millón de botellas de plástico en el mundo, y solo una fracción mínima termina reciclándose. La cifra, citada por distintos observatorios ambientales internacionales, sirve para entender la magnitud de un problema que en Venezuela tiene rasgos propios: según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, el país genera cerca de 14,88 millones de toneladas de residuos sólidos al año, de las cuales más de 500 mil toneladas corresponden a plásticos. Buena parte de ese volumen termina en cuerpos de agua antes de llegar a una planta de procesamiento.

El dato preocupa, pero también define una oportunidad. A diferencia de mercados donde la infraestructura de reciclaje ya está consolidada, en Venezuela cada tonelada de PET que se recolecta y transforma tiene un impacto proporcionalmente mayor sobre el sistema de gestión de residuos del país. Es un terreno donde la industria privada puede aportar una solución medible.

Una industria que crece a pesar del contexto

El mercado latinoamericano de reciclaje de plástico se valoró en cerca de 3.930 millones de dólares en 2025, con una proyección de crecimiento sostenido hacia 2035. En Venezuela, ese crecimiento se sostiene sobre todo en iniciativas privadas y comunitarias más que en política pública: especialistas de la Universidad Católica Andrés Bello han señalado que el país aún no cuenta con incentivos legales ni financieros sólidos para masificar el reciclaje formal.

En ese vacío, la tecnología marca la diferencia entre una operación artesanal y una que puede competir con estándares internacionales.

Un caso de éxito industrial: Plastinorte y Ecoplast

El caso de Plastinorte y Plásticos Ecoplast C.A. es un ejemplo de cómo la inversión tecnológica puede convertir un problema ambiental en una línea de negocio sólida. Ambas empresas operan bajo tecnología austriaca EREMA, uno de los estándares más exigentes a nivel mundial para la transformación de PET postconsumo, y su proceso cubre el ciclo completo: recolección de botellas de bebidas carbonatadas, lavado, conversión en escamas y láminas de distintos calibres, y termoformado final.

El resultado son productos con certificación FDA, entre ellos estuches de huevo que hoy abastecen a la industria avícola tanto a nivel nacional como internacional, un eslabón que conecta directamente con la seguridad alimentaria del país. Actualmente estas plantas transforman más de 200 toneladas mensuales de desechos plásticos en productos terminados, lo que equivale a cerca de 2.400 toneladas al año reincorporadas a la cadena productiva formal, un volumen que representa una fracción significativa de todo el PET que Venezuela logra procesar bajo estándares certificados.

Lo relevante del caso no es solo el volumen, sino la consistencia: mientras buena parte del reciclaje en Venezuela depende de iniciativas comunitarias y voluntarias, Plastinorte y Ecoplast demuestran que es posible sostener una operación industrial de transformación de PET con tecnología de punta, trazabilidad certificada y continuidad operativa, incluso en un entorno donde la política pública de reciclaje sigue siendo incipiente.

Por qué la trazabilidad importa tanto como el volumen

Un dato que suele pasarse por alto: fabricar con material reciclado puede reducir hasta 59% el consumo energético y hasta 32% las emisiones de CO2 frente al uso de plástico virgen, según estimaciones de la industria de fibras recicladas. La eficiencia no es solo ambiental, también es económica, y explica por qué cada vez más sectores agroindustriales buscan proveedores que integren PET reciclado certificado en sus empaques.

Esa es, en el fondo, la apuesta de compañías como Plastinorte y Ecoplast: no competir por el volumen recolectado, sino por la calidad y trazabilidad del producto final que permite reinsertarlo en cadenas de exportación.

Desde nuestra experiencia al frente de Grupo Dahmo C.A., he insistido internamente en que la sostenibilidad ambiental no se mide en comunicados, sino en toneladas procesadas y certificaciones sostenidas en el tiempo. Bajo esa lógica, el reciclaje de PET dejó de ser un gesto ambiental aislado para convertirse en una línea de negocio con métricas propias dentro del conglomerado.

Lo que viene

El Tratado Global de Plásticos, impulsado por Naciones Unidas, busca reducir la producción mundial de plástico virgen en 50% para 2040. Es un horizonte regulatorio que, tarde o temprano, también alcanzará a Venezuela. Las empresas que hoy inviertan en tecnología de reciclaje certificada no solo responden a una necesidad ambiental inmediata: se posicionan con ventaja frente a un mercado que, en los próximos años, exigirá cada vez más contenido reciclado verificable en toda la cadena de suministro.

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